Minerales y fósiles son dos palabras que suelen ir unidas. Es frecuente que el aficionado a la naturaleza establezca, de forma casi inmediata, una relación común entre ambos conceptos. Y, ciertamente, existen razones objetivas y científicas que justifican esta asociación. No sólo porque ambos sirvan para determinar con cierta precisión la edad de las diferentes eras geológicas y los fenómenos que en ellas tenían lugar; es que, además, la combinación de un fósil y de un mineral origina, a menudo, piezas que unen al profundo y emocional encanto de la paleontología la superficial belleza de las joyas. Estas piezas son las que hemos denominado fósiles-joya.

El origen y la formación de los fósiles han atraído al hombre desde muy antiguo. Los fósiles son restos de seres orgánicos que vivieron en épocas pretéritas sobre el planeta, y que han conseguido conservarse en el transcurso de los tiempos geológicos. La palabra fósil deriva del latín fossi-is, empleado por Plinio para designar los objetos extraídos del interior de la Tierra. En su verdadera acepción actual debe aplicarse exclusivamente a los seres orgánicos que han sufrido el proceso de fosilización, es decir, que han visto reemplazadas sus estructuras, propias de un ser vivo, por materia mineral, conservando las huellas de sus formas originales.

En general, para que un ser orgánico se fosilice es necesario que, a su muerte, los mecanismos necrófagos de la naturaleza no puedan actuar. Para ello, debe quedar protegido de las acciones físicas, químicas y micro-orgánicas que producen la descomposición de la materia orgánica muerta.

Aunque no es fácil que ello ocurra en circunstancias normales, lo cierto es que, en casos excepcionales, se han podido encontrar animales completos perfectamente conservados, al haber quedado ocluidos en materiales asépticos, tales como el asfalto o la resina, o por haber estado sometidos a temperaturas muy bajas. Tal es el caso de los cadáveres momificados de rinocerontes ocluidos en las minas de asfalto de los Cárpatos orientales; o los famosos cadáveres de mamuts congelados en el subsuelo de Siberia, cuya carne de muchos miles de años empezó a ser devorada por los perros que acompañaban a la expedición que los encontró; o bien, finalmente, el de los insectos que murieron aprisionados en las resinas de las coníferas del Oligoceno en las costas del Báltico que, transformadas en ámbar y encerrando en su interior los restos perfectamente conservados de los pequeños animales, han llegado arrastrados por las aguas hasta nuestras costas gallegas.

Sin embargo, para que un antiguo ser vivo llegue a transformarse en fósil son necesarias una serie de transformaciones químicas, sustituyéndose molécula a molécula los componentes orgánicos por componentes minerales. En tal caso, se conservan en el fósil hasta las estructuras más delicadas del ser vivo; y si la calidad del mineral de reemplazamiento es muy elevada, se origina una de las más espectaculares maravillas de la naturaleza: el fósil-joya.

Algunos de éstos merecen una breve descripción. Por ejemplo, uno de los más espectaculares, el xilópalo. Se trata de madera fosilizada por un mineral, el ópalo, que es una variedad de piedra preciosa de enorme valor. Situémonos en el Cretáceo, cuando grandes bosques de coníferas poblaban la Tierra; una extraordinaria conjunción de factores favorables tuvo lugar: por una parte, la composición estructural de la madera de aquellos bosques y, por otra, toda una serie de condiciones geoquímicas muy difíciles de obtener conjuntamente en el tiempo y en el espacio. Con todo ello, las estructuras vegetales sufrieron un proceso de silificación; molécula a molécula, la madera fue sustituida por óxido hidratado de silicio. Al final, con la misma estructura original del vegetal se llegó a un mineral duro, ligerísimo, no exfoliable; una auténtica piedra preciosa, el ópalo.

La sustitución, en el caso que comentamos del xilópalo, es tan perfecta que las estructuras histológicas vegetales pueden observarse con absoluta claridad. Incluso, al microscopio, es posible distinguir las formaciones alveolares de los vasos leñosos... convertidas en piedra preciosa. Además, la morfología externa de los bosques de coníferas ha llegado a nosotros con toda exactitud: la sección transversal de estos troncos fósiles nos descubre su estructura celular y evidencia los anillos anuales de crecimiento. Con ellos, es posible estudiar las distintas especies arbóreas, la climatología de la época, los accidentes físicos, químicos o biológicos que sufrieron y, en resumen, la historia completa de un ser vivo que nació hace más de cien millones de años.